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¿Dónde estás. Ulalume, dónde estás? Crítica. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Jerónimo López Mozo.   
Sábado, 27 de Marzo de 2010 19:15






¿DÓNDE ESTÁS, ULALUME, DÓNDE ESTÁS?
ALLAN POE, UN HÉROE IRRISORIO

[2007-10-31]

Uno de los elementos esenciales de lo que Alfonso Sastre definió, refiriéndose a buena parte de su producción dramática, como tragedias complejas, fue la presencia en ella de los que denominó héroes irrisorios.


¿DÓNDE ESTÁS, ULALUME, DÓNDE ESTÁS?
Allan Poe, un héroe irrisorio

Título: ¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás?
Autor: Alfonso Sastre.
Escenografía: David de Loaysa.
Vestuario: Javier Artiñano.
Iluminación: Satori.
Espacio sonoro: Mariano García.
Ayudante de dirección: Esther Gimeno
Producción ejecutiva: Rosario Calleja
Intérpretes: Chete Lera (Poe), Zutoia Alarcia
y Camilo Rodríguez.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Estreno en Madrid: Teatro Español,
13 – IX - 2007.

CHETE LERA
FOTO: O. GONZÁLEZ

Uno de los elementos esenciales de lo que Alfonso Sastre definió, refiriéndose a buena parte de su producción dramática, como tragedias complejas, fue la presencia en ella de los que denominó héroes irrisorios. Lo eran Miguel Servet - el respetable científico, al que convirtió en un individuo desgarbado -, Viriato – un tipo mal encarado- y Emmanuel Kant – un anciano decrépito. En ¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás?, ese papel se lo adjudicó a Edgar Allan Poe, el gran escritor estadounidense, que es mostrado, a las puertas de la muerte, como una víctima de los efectos devastadores del alcohol. Al concluir su redacción en 1990, un Sastre desencantado por la escasa atención prestada a su obra anunció que abandonaba la escritura teatral. Aunque afortunadamente no cumplió la amenaza, en aquél momento su adiós algo tenía de testamento o de legado estético. Por eso, sólo una lectura apresurada de la obra limita su contenido a la peripecia de un borracho incapaz de resistirse a la bebida o su búsqueda infructuosa de la estación de ferrocarril a la que dirigía sus pasos. La distancia que separa el puerto de Baltimore de la estación, apenas una breve etapa en su viaje desde Filadelfia a Nueva York, se convierte en un laberinto por el que deambula durante varios días y cuya única salida será el cementerio al que fueron a parar sus restos. Un laberinto en el que encuentra a un sinfín de personajes con los que se relaciona fugazmente, sin lograr entenderse, ni siquiera en las cuestiones más elementales. Seres a los que pide ayuda y se la niegan o que, cuando se la brindan, le hunden aún más. Náufragos tan perdidos como él que le arrastran al abismo.
 


FOTO: O. GONZÁLEZ
¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás? es el drama de la incomunicación, del hombre rechazado por su entorno. Drama que se hace más doloroso cuando ese hombre es un intelectual cuyo discurso no cala en la sociedad a la que va dirigido. En medio de su desolación, el Poe de Sastre intuye que su soledad conduce a la muerte. A punto de que su mente se sumerja en las tinieblas del delirium trémens, busca desesperadamente un asidero que le salve del desastre. Sucede muy pronto, en el acto cuarto de los veintiuno en que se divide la obra, cuando las farolas de gas se convierten, a sus ojos, en cipreses, de modo que la calle por la que camina cobra la apariencia de una avenida que desemboca en un gran cementerio. En el silencio mortal de la noche, escucha los versos de su poema Ulalume, aquel en el que el protagonista sostiene en sus brazos el cadáver de su amada para depositarlo en su tumba. Creyendo haber llegado de nuevo a ella, en realidad lo ha hecho a la entrada de una taberna. Antes de perderse en su interior, donde se ahogará de ginebra, en el aire queda, sin respuesta, la pregunta que da título a la obra: “¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás?”. Ni siquiera los muertos acuden en su ayuda.
 

 


CHETE LERA
FOTO: O. GONZÁLEZ
Juan Carlos Pérez de la Fuente quiso representar esta obra cuando dirigía el Centro Dramático Nacional. Su propósito era cerrar con ella un ciclo dedicado a señalados autores del teatro español del siglo XX, que había iniciado con Pelo de tormenta, de Nieva y continuado con La fundación e Historia de una escalera, de Buero Vallejo, San Juan, de Max Aub, y El cementerio de automóviles y Carta de amor, de Arrabal. No pudo ser, más su proyecto no cayó en el olvido. Ahora, cuando su actividad profesional se desarrolla en el campo de producción privada, lo ha culminado, y lo primero que hay que decir es que, disponiendo de medios materiales limitados, la puesta en escena no desmerece de aquellas que se hicieron bajo el paraguas de un centro público. Y ello se ha hecho con absoluto respeto a la integridad de la obra. Que los veintiún personajes sean interpretados por sólo tres actores, es, sin duda, una necesidad, pero no gratuita, sino que se acoge a una sugerencia del autor, quién, al publicar la pieza, incluyó una nota en la que decía que un actor con el suficiente entusiasmo podía asumir diez papeles y que una actriz podía representar todos los femeninos. Tan previsto tenía Sastre la posibilidad de hacerlo así, que, en las propias acotaciones, facilita la tarea del director al indicar como el actor que se desdobla debe pasar de un papel a otro sin abandonar el escenario y con naturalidad. Por ejemplo, un cambio de gorra es suficiente para que el empleado de la taquilla de la estación se convierta, primero, en el encargado de la consigna y, acto seguido, en el cocinero de la cantina. La única licencia que se ha tomado Pérez de la Fuente ha sido la de transformar algún personaje masculino en femenino, buscando, sin duda, una distribución  más equitativa de la carga interpretativa.
 

C. RODRÍGUEZ/ Z. ALARCIA/ CHETE LERA
FOTO: O. GONZÁLEZ
El reparto cuenta con un excelente trío de actores. Chete Lera es un Poe que conmueve en su viaje autodestructivo, contenido incluso cuando el alcohol hace estragos en su organismo y pierde el control de su mente y de sus movimientos. Zutoia Alarcia, que ya actuó en esta obra en 1994, cuando la representó en otro esplendido montaje la compañía Eolo, y Camilo Rodríguez dan vida a toda la galería de personajes que pulula alrededor del protagonista y consiguen trazar con nitidez y eficacia los rasgos esenciales de cada uno, a pesar de que, en numerosas ocasiones, sus intervenciones son breves.

Respecto a la puesta en escena, David de Loaysa ha resuelto con eficacia las dificultades que plantea reproducir los múltiples lugares en que transcurre la acción sin realizar ningún cambio escenográfico. Un bosque de estilizados armazones metálicos plantados en el suelo y un tablero alargado que gira alrededor de un eje fijado en uno de sus extremos bastan para recrear el muelle de un puerto, diversas dependencias de una estación de ferrocarril, una taberna, el interior de un vagón, un hospital, un cementerio y diversas calles y parques de la ciudad de Baltimore. Mención especial merece la iluminación diseñada por Satori. Ha logrado que, a pesar de que durante buena parte de la obra es de noche, veamos, contra lo que suele ser habitual, lo que sucede en escena. Los elogios son extensibles a Javier Artiñano, quién, como es habitual en los trabajos de Pérez de la Fuente, ha creado el vestuario.


JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
Copyright©lópezmozo


Teatro Español
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Metro: Sevilla y Sol
Parking: Pz. Santa Ana,
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Entradas: Sucursales de la Caixa de Cataluña
y Tel-entrada (24 horas) 902 10 12 12

 

Última actualización el Jueves, 29 de Abril de 2010 15:08
 
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