Las amistades peligrosas. Reseña 1989. Cine. Imprimir
Escrito por Ángel Pérez Gómez   
Jueves, 15 de Abril de 2010 11:04


RESEÑA, 1989
NUM195, PP. 15-16

LAS AMISTADES PEOIGROSAS
VIRTUOSOS DEL LIBERTINAJE


Título original: Dangerous liaisons.
Producción: Lorimar Entertainment y NFH Ltd.
para Warner Bros (USA-GB, 1988).
Argumento: La novela de Choderlos de lacIos y la obra teatral de Christopher Hampton.
Guión: Christopher Hampton.
Dirección: Stephen Frears.
Fotografía: Philippe Rousselot.
Música: George Fenton.
Ambientación: Stuart Graig.
Intérpretes: Glenn Close (marquesa de Merteuil),
John Malkovich (vizconde de Valmont)
,
Michelle Pfeiffer (Madame de Torvel),
Uma
Thurman (Cécile de Volanges),
Swoosie Kutz (Madame de Volanges).
Duración: 120 min.
Distribución: Warner. Estreno: 10-III-1989.
Clasificación: Mayores de 13 años.

GLENN CLOSE/J. MALKOCICH
URNA THURMAN

Stephen Frears no parecía «a priori» el cineasta más idóneo para plasmar una nueva versión cinematográfica de Las amistades peligrosas, con un presupuesto multimillonario y la financiación angla-norteamericana. Sus films anteriores (1), localizados en el Londres de nuestros días, con atención preferente a mundos y personajes marginales, y planteamientos de cine independiente, chocaban frontalmente con el refinado ambiente de la Francia cortesana del siglo XVIII y los modos de producción de la gran industria. Sin embargo, ha realizado una obra espléndida.

Tal vez el punto de engarce de Las amistades peligrosas con su anterior filmografía consista en la característica de cínico que Manuel Alcalá atribuía al cine de Frears (2). De cínico puede calificarse el comportamiento de los protagonistas de la obra de Choderlos de Laclos, de cínica la mirada que Frears proyecta sobre los personajes y situaciones.

Como el propio Frears se ha apresurado a declarar, nada tiene de viscontiana su versión, con una cuidada ambientación, que enmarca adecuadamente la trama pero que nunca se convierte en protagonista de la misma, Frears, ayudado por el dramaturgo Christopher Hampton, ha escrito un guión que dibuja con nitidez los rasgos morales de estos virtuosos del libertinaje y de sus presuntas víctimas (en el fondo deseosas de serio).

Se trata de un juego, de una apuesta. Nada hay de personal en ello. Aparentemente. Se fijan las reglas con unos premios y castigos. Es lo que hacen la marquesa de Merteuil y el vizconde Valmont al principio. Diseñado el juego, cumple atenerse a él. Valmont, avezado en lides semejantes y conocedor de las triquiñuelas del oficio, se entrega a ello con seriedad y rigor encomiables. No se permite «licencias». Es la imagen perfecta del donjuan de manual. La presencia física del actor John Malkovich la acentúa todavía más. Recuerda incluso, por su hieratismo y forma mecánica de desenvolverse, a Frankenstein, un monstruo tan peligroso como él por carecer de principios morales, pero no de sentimientos, como luego se verá.

El sexo en aquella sociedad no tenía una función personalizante sino meramente transaccional: medio de conservar y mejorar la fortuna, de tener o carecer de poder e influencia. Desflorar doncellas o seducir casadas no es una cuestión moral sino social. Esto es lo importante. El honor es sólo la tapadera que lo encubre malamente. Valmont y la marquesa hace tiempo que lo saben. Por eso su proceder sólo en apariencia es cínico. Lo suyo no es un juego de sociedad, sino la sociedad en juego. En realidad, no se han inventado las reglas. Ya existían, son las verdaderas leyes que rigen su mundo. Sólo que ellos las han explicitado en su apuesta particular.

Mientras todo se reduzca a conquistar a la «mosquita muerta» de Cécile, el juego se desarrolla conforme a lo previsto. Más arduo es «acabar» con Madame de Tourvel. Y lo terrible es que en el empeño, en la necesidad de «rematar» el desafío (conseguir esa prueba escrita), Valmont llegue a enamorarse. Madame de Tourvel es tan virtuosa que además se toma en serio el adulterio y Valmont, por vez primera, experimenta un sentimiento que le es nuevo y desconocido. Tarde o temprano, los juegos llegan a afectar a los jugadores. No es posible la asepsia total. La misma marquesa de Merteuil (¡excelente Glenn Clase!) acabará por enredarse en la maraña: no se puede ser «feminista» antes de tiempo.

Disociar sexo y amor es peligroso. A eso alude el título original, mal traducido/traicionado en el castellano al sustituir relaciones/enredos por amistades. Una sociedad que ha trastocado el sentido del sexo, reduciéndolo a objeto de cambio, lleva en sí un elemento disolvente que termina por convertirse en subversivo. La Revolución Francesa está a la puerta.

Frears no traiciona el sentido moralizante del relato de Laclos. De ahí, el final. Pero la resolución no deja de tener, a su vez, en su puesta en escena, un algo de cínico, y a la vez de moderno. Los personajes visten guardainfantes y pelucas, pero no son muy distintos de los que hoy se embuten en vaqueros. No se puede jugar con el sexo. Ya nos lo había dicho Frears, con patetismo cínico, en sus tres largos anteriores. Algunos colegas han señalado, con acierto, algunos «anacronismos». Acentúan hábilmente que no estamos ante una versión «arqueológica» de un texto clásico de la literatura galante

Una rara perfección preside la narrativa de Las amistades peligrosas. Ayuda a ello el acertado «juego» interpretativo (teatral a ratos) que expresa a las mil maravillas el mecanismo del otro «juego», el social. Ayuda también el excelente diálogo, procedente de la adaptación para la escena de Hampton. Pero sobre todo la dirección, planificación y ritmo imprimidos por Frears al relato hace que éste discurra sin estridencias, pero como un reloj. El empaste de los diversos elementos que constituyen la narrativa cinematográfica es mérito de Frears. Todo está en su punto. Con sus oportunos contrastes, su poquito de pimienta y su pizca de sal. Un plato excelente que sabrán apreciar los gourmets.

(1) Su filmografía anterior la coml?onen: Detective sin licencia (1972), The hit (1984), Mi hermosa favandería (1985), Abrete de orejas (1986) y Sammy y Rosie se lo montan (1987).

(2) Crítica a Sammy y Rosie se lo montan en RESENA 188 (1988) 18.


Ángel Pérez Gómez
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Última actualización el Jueves, 13 de Mayo de 2010 16:30