Antígona. Anouilh-Ochandiano. Crítica Imprimir
Escrito por Eduardo Pérez Rasilla   
Domingo, 10 de Febrero de 2013 18:29

ANTÍGONA
CONFUSA Y ARBITRARIA
 
NAJWA NIMRI / TONI ACOSTA
FOTO: SERGIO PARRA
La lectura que de Antígonahace Anouilh siempre ha resultado controvertida. Desde su estreno en 1944, finalmente autorizado por la censura nazi, la obra ha suscitado algunas interpretaciones ambiguas. Anouilh, consciente de la lejanía histórica con el mito originario y con la recepción que pudo dispensarle el público ateniense en la versión de Sófocles, presenta la tragedia desde una distancia metateatral, desde una asunción de los papeles por parte de los personajes que los encarnan, convertidos en actores a quienes ha sido asignada una tarea ya prevista. La versátil labor del coro, que hace de intermediario entre la acción y el espectador, refuerza ese carácter metateatral que contrasta con la mirada ingenua y limpia que cabría presumir en el espectador griego.
 
Pero Anouilh no pretende llevar a cabo un juego escénico más o menos ingenioso, sino que ofrece una interpretación o, mejor, propone una revisión desde el momento histórico en el que vive, de la tragedia de Sófocles. Esta metateatralidad, acaso paradójicamente, humaniza a los personajes, desliza sus causas fuera del ámbito de los grandes principios metafísicos o éticos   y los sitúa en un territorio mucho más próximo a lo psicológico y a lo cotidiano. Así, desde el comienzo, Antígona nos es mostrada como una adolescente frágil y caprichosa, descontenta con su situación, y cabe inferir, con su propio cuerpo.  En la Antígona de Anouilh la heroína que da título a la obra ve cómo sus motivos para enterrar a Polinices se estrellan contra las explicaciones que Creonte le da de una historia que la muchacha no conocía sino muy imperfectamente. El empeño que ha justificado su transgresión se le deshace entre los dedos. Y entonces está a punto de ceder ante los consejos paternales – paternalistas también - de un Creonte que quiere evitar cualquier escándalo, aunque para ello deba utilizar la autoridad de su cargo a favor de su inestable sobrina e intimidar, o tal vez eliminar, a los guardias, incómodos testigos de las demasías de la hija de Edipo. Los dos personajes están muy lejos de la lectura que Hegel hacía de la Antígona de Sófocles y que exigía el compromiso absoluto con el principio que su posición en el conflicto representaba.  Si en la Antígona de Anouilh el pacto no se consuma, no se debe a la piedad fraternal de Antígona a cuya consecución se negaría la autoridad política y ejemplar de Creonte, sino al rechazo que a Antígona le causa la posibilidad de una felicidad común, que derivaría de su matrimonio con Hemón. Y, en este sentido, su conducta responde a un rechazo de cualquier impureza, de cualquier limitación, que ella asocia al mundo de los mayores, en suma, a la madurez y a la asunción de las consecuencias y de las responsabilidades que lleva consigo. Su enfrentamiento con Creonte tiene mucho de terquedad, de incapacidad para enfrentarse a una  realidad adulta en la que el pragmatismo obliga a una mezcla con lo finito y también con lo mediocre o hasta con lo sucio. También Creonte dice haber sido un adolescente idealista, pero las circunstancias de la vida lo obligaron a ese incómodo pero necesario pacto con la realidad, a decir sí como manifestación de una conducta que el momento histórico le exigía. Steiner ha dicho que en esta versión es indudable que Creonte “gana” (el entrecomillado es suyo) y no le falta razón puesto que Antígona ha de volver a su decisión primera a la desesperada, cuando sus argumentos han sido rebatidos. Ciertamente, y como buen dramaturgo que es, Anouilh busca un equilibrio entre protagonista y  antagonista. Antígona busca el amor absoluto, al pureza absoluta – lo que los lacanianos llamarían lo real - y elige la muerte al saber que no podrá conseguirlo. Creonte prefiere lo posible, aunque esa posibilidad esté muy lejos del ideal que se desea.
 
La lectura que Anouilh hace del motivo de Antígona puede resultar discutible, ambigua o incluso decepcionante, pero difícilmente puede escogerse como alegato contra la tiranía política o como muestra de una apología valerosa de la libertad frente a esa misma tiranía. Y me parece que aquí radica el principal problema del espectáculo.
 
La propuesta de Ochandiano y Dorrego es ambiciosa. La utilización del fascinante espacio de las naves del Matadero, la magnífica iluminación de Juan Gómez Cornejo, la música en directo del piano de Ramón Grau son elementos muy atractivos. Sin embargo, y pese a esta belleza plástica y musical, pese que es difícil sustraerse a la inquietante historia de Antígona – la cuente quien la cuente - hay algo en el espectáculo que no acaba de funcionar y que, en mi opinión, tiene su raíz en una lectura forzada del texto - y no solo por algún innecesario apósito que trata de enganchar con la depresión económica - que lleva a los responsables de la escenificación a acumular una serie de objetos, caracterizaciones y elementos distorsionadores que no solo ofrecen una sensación de arbitrariedad sino que hacen confusa la propuesta. Los códigos de caracterización y de vestuario, así como los códigos de la propia interpretación actoral, son discordantes y caprichosos. Falta, o al menos es la impresión que me produjo el espectáculo, un objetivo, un análisis que conduzca a las decisiones pertinentes sobre lo que se quiere contar y sobe el modo de hacerlo.  Una línea clara de trabajo que oriente la escenificación. Y, sobre ello,  falta también peso en la interpretación actoral de los principales personajes de la tragedia. Más interesantes parecen algunos de los trabajos que encarna a los personajes secundarios, como la nodriza o como el coro.
 
Título: Antígona
Autor: Jean Anouilh
Traducción texto Original: Olivia tomé
Versión: Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego
Temas musicales: Youkali (Kurt Weill), Over the Rainbow (Harol Arlen), Don't Let Me Be Misunderstood (The Animals)
Espacio escénico: Shiloh Garrel
Iluminación: Juan G. Cornejo
Vestuario: Berta Grasset e Iratxe Sanz
Efectos sonoros: Ignacio Hita
Atrezzo: Nicolás Bueno
Fotos: Sergio Parra
Diseño de cartel: Iago Martínez
Gestión artística: Nicolás Bueno
Regiduría y sobretítulos: Carlos Dorrego
Producción: Teatro Español
Agradecimientos: Intermediae, Compañía Nacional de Danza, Instituo Cervantes de París
Intérpretes: David Kammemos (Autor), Najwa Nimri (Antígona), Berta Ojea (Nodriza), Toni Acosta (Ismena), Sergio Mur (Hemón), Rubén Ochandiano (Creón), Nico romero (Guardia), Ramón Grau (Pianista)
Duración: ( 1h 40 min (aprox)
Dirección: Rubén Ochandiano y Carlos Dorrego
Estreno en Madrid: Matadero - Naves del Español, 6 - II - 2013
 
 
DAVID KAMMENOS / NICO ROMERO / SERGIO MUR /  NAJWA NIMRI / BERTA OJEDA /
RAMÓN GRAU / RUBEN OCHANDIANO / TONI ACOSTA
FOTO: SERGIO PARRA

Eduardo Pérez –Rasilla
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y Tel-entrada (24 horas) 902 10 12 12
                                       
 
 
 
 

 

Última actualización el Lunes, 11 de Febrero de 2013 16:30