Nuestra cocina. Reseña 1992. Crítica. Imprimir
Escrito por Jerónimo López Mozo   
Miércoles, 28 de Abril de 2010 13:56
NUESTRA COCINA
ULTIMA GENERACIÓN

[2005-02-06]

Crítica aparecida en la revista Reseña, abril 1992. Montaje realizado por el talle de la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid), el montaje llamó la atención favorablemente. Entre sus intérpretes aparece, aún alumno, Javier Cámara.


RESEÑA (ABRIL 1992)
(Nº 227, pp 24)

NUESTRA COCINA

ULTIMA GENERACIÓN

(Crítica aparecida en la revista Reseña, abril 1992.
Montaje realizado por el talle de la RESAD (Real Escuela Superior
de Arte Dramático de Madrid), el montaje llamó la atención favorablemente.
 Entre sus intérpretes aparece, aún alumno, Javier Cámara)


Titulo: Nuestra cocina.
Autor: Arnold Wesker.
Versión y dirección: José Luis Alonso de Santos.
Escenografia: J. L. Raymond.
Caracterización y maquillaje: J. A. Cidrón.
Vestuario: Elisa Ruiz.
Intérpretes: Alumnos de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Producción: R.E.S.A.D.
Estreno en Madrid: Estudios Habana Films, enero 1992.

FOTO: I.GARCIA MAY

De la mano de José Luis Alonso de Santos, La cocina que Arnold Wesker creara en 1959 se ha convertido en una cocina española de nuestros días. De ahí el título que se da a la versión que nos ocupa: Nuestra cocina. Los personajes italianos, alemanes o ingleses tienen ahora nombres españoles (Pablo, Ramón, Alfredo...) y los procedentes del tercer mundo han cambiado de nacionalidad: Dimitri, el mozo de la cocina, ya no es chipriota, sino marroquí. También ha variado, y no poco, el texto. Y es que la España de los noventa no es la Inglaterra de finales de los cincuenta. Hay referencias a situaciones actuales y el lenguaje se ha acercado sensiblemente al que el adaptador acostumbra a recoger de la calle para recrearlo en la redacción de sus propias piezas. La manipulación, que por exigencias ligadas a las especiales características de la compañía alcanza incluso al perfil de algunos personajes — Pedro, por ejemplo, no es el joven impulsivo que aquí vemos —, puede resultar excesiva para algunos. Pero, y eso es lo importante, en ningún momento se traiciona el contenido profundo de la pieza.

El paralelismo establecido por el propio Wesker entre la cocina de un restaurante que sirve cientos de comidas y el mundo —en ambos la gente entra y sale sin permanecer lo suficiente para comprenderse mutuamente— se mantiene. A lo largo de esa jornada laboral que repite hasta el hastío las precedentes y anuncia cómo serán las que sigan, los personajes van arrojando sobre los fogones, en esta versión como en la original, sus miserias, ahogando sus aspiraciones —el trabajo no es gratificante y tener el dinero que libera se ha convertido en un sueño cuya realización depende de un golpe de suerte—, buscando con ansiedad el amor donde sólo va quedando sitio para el odio y acercándose de la mano del cansancio y de la desesperación, que crecen y se funden a medida que el paso de las horas hace más sofocante el ambiente, hacia ese estallido final de violencia y frustración.

La representación corre a cargo de un grupo de actores formados en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. Es el resultado de un taller realizado en el curso 1990 -91. La elección del texto de Wesker obedeció, además de a su interés, a que permitía la participación de un elevado número de actores, veintidós exactamente, en papeles de similar importancia. Para su presentación al público encontraron los estudios cinematográficos Habana Films, en cuyo plató, de irregular planta, alzaron la sugerente escenografía de Raymond y dispusieron un breve espacio para acomodar a apenas un centenar de espectadores. Se trataba, en principio, de ofrecer unas pocas representaciones. Sin embargo, el éxito obtenido les animó a prolongar su estancia en el local y a plantearse el paso a otros escenarios. Ojalá lo consigan. Se trata de una propuesta teatral de gran dignidad que merece ser conocida.

Alonso de Santos, también responsable de la dirección escénica, logra mover a los actores por el difícil escenario con fluidez y equilibrio. Hay una armonía en el conjunto que nunca se quiebra, ni siquiera en los momentos finales de la primera parte, cuando la actividad en el restaurante adquiere un ritmo endiablado, o cuando cerca del desenlace de la obra Pedro destroza cuanto encuentra a su paso.

En un reparto en el que no hay protagonistas ni personajes secundarios la interpretación mantiene un tono medio más que aceptable que se va elevando a medida que la representación avanza. Es el resultado de la labor que viene desarrollando la Escuela en los últimos años. Pero sería injusto no destacar el trabajo de algunos actores. Javier Cámara hace una verdadera creación del personaje de Kiko, el cocinero nuevo. Su escena con Irene Sanz —en el papel de Violeta— es espléndida y brinda uno de los momentos más emotivos de la representación. Laura Carenas en el papel de la cocinera Berta, Pedro Hernando en el del pastelero Pablo —el «alter ego» de Wesker—, Angel Gutiérrez, Rosa Estévez, Manuel Gandásegui, Juan Sanjosé y Andoni Gracia son otros nombres que añadir a esta necesariamente breve relación. Algún otro queda, sin duda, en el tintero.

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JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
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Estudios Habana Films