Rondó para dos mujeres y dos hombres. Crítica. Imprimir
Escrito por Javier Zabala.   
Miércoles, 28 de Abril de 2010 17:35
RONDÓ PARA DOS MUJERES Y DOS HOMBRES
NUEVO ESPACIO TEATRAL

[2005-04-25]

Gran Vía 66 abre un nuevo espacio en los bajos del Teatro. Parece que la intención de sus responsables es dedicar la sala a la programación de la escritura española contemporánea.


RONDÓ PARA DOS MUJERES Y DOS HOMBRES
NUEVO ESPACIO TEATRAL

Título: Rondó para dos mujeres y dos hombres.
Autor: Ignacio Amestoy.
Dirección: Francisco Vidal.
Escenografía y vestuario: Jesús Ruiz.
Iluminación: Rafel Echeverzt.
Intérpretes: Rosa Mariscal (Sara Sastre),
Diego Martín (Federico Farré), Chusa Barbero (Sofía Garcés)
y Roberto Ibáñez (Víctor Steiner).

Estreno en Madrid: Pequeño Teatro Gran Vía 66, 30 – III -2005.

Gran Vía 66 abre un nuevo espacio en los bajos del Teatro. Parece que la intención de sus responsables es dedicar la sala a la programación de la escritura española contemporánea. Si se confirma, se trata de una extraordinaria noticia. De momento, han exhibido el último texto inédito del dramaturgo Ignacio Amestoy, Rondó para dos mujeres y dos hombres, precisamente en las mismas fechas en las que la editorial Cátedra publica dos de sus títulos clásicos: Ederra y Cierra bien la puerta. Una feliz coincidencia en el tiempo.

Ya el título que ahora se estrena nos remite hacia el mundo de la música y hacia las no siempre fáciles relaciones entre los sexos, dos ámbitos ya transitados con acierto por Amestoy en obras anteriores que se recuperan en este último texto. En Rondó para dos mujeres y dos hombres se apuntan cuestiones de interés, como las reticencias del varón a que la mujer ocupe los puestos de verdadera responsabilidad o el empeño del hombre por usurpar la voluntad femenina a la hora de tomar las decisiones importantes de su vida. U otras, como los enfrentamientos generacionales, el papel del arte en la sociedad, la necesidad irrenunciable de que cada uno tome las riendas de su presente y de su futuro o la exploración de los intricados laberintos de las relaciones afectivas, sentimentales, amistosas, sexuales, profesionales, etc. Y todo ello a través de una historia con una cuidada y sugerente estructura musical, que parecía encaminarse hacia el drama íntimo, contenido e intenso, apoyado en un diálogo incisivo y rico, discursivo y provocador.

El espectáculo exhibido sobre las tablas de este Pequeño Teatro Gran Vía, sin embargo, nos sitúa en el territorio de la comedia, una comedia que parece recrearse en los rasgos caricaturescos, en efectos previsibles y manidos y hasta en los trazos gruesos, casi vodevilescos en alguna ocasión. Todo un desacierto de una dirección lamentable que no ha querido entender ni la sutileza ni las posibilidades de un texto más interesante en lo que apunta que en lo que muestra de manera obvia y que, consecuentemente, debiera haberse atenuado o incluso suprimido. Las disquisiciones explícitas y los monólogos explicativos sobre las relaciones entre los hombres y las mujeres y las sátiras sobre el deslucido papel que el varón interpreta, en comparación con la mujer contemporánea, pueden provocar la hilaridad fácil de un público a quien en los últimos años se ha acostumbrado a procedimientos de este estilo en espectáculos calcados unos de otros y repetidos hasta la saciedad. Pero considero que el teatro de Amestoy no necesita de estos procedimientos y que alcanza una mayor eficacia a través de la sugerencia o del discurso sólido y bien trabado, compuesto por una palabra incisiva y contundente, que con un lenguaje propio del monólogo cómico al uso, que ha terminado por cansar a todos y por agotar el género mismo. No obstante, es esto y no aquello lo que se potenciado en este espectáculo hasta convertirlo por momentos en una comedieta desvaída y hasta zafia, cuando en el texto parece intuirse algo mucho más hondo, sugestivo e inquietante.

No ayuda al éxito del espectáculo una interpretación que muestra hasta qué punto el teatro en España está necesitado de una honda renovación. Rosa Mariscal hace del poderoso personaje de la protagonista una mujer insípida, incapaz incluso de lucir el elegante vestuario con el que aparece ataviada, y que obliga al público a imaginar, más que a ver o a entender, por qué interesa tanto a los hombres una mujer con tan escasas energías y personalidad tan inane. Tampoco Diego Martín, que encarna al marido de la protagonista, aporta gran cosa como actor y se limita a decir, sin demasiado entusiasmo, un papel con el que no establece ningún compromiso y desde el que no construye ningún personaje. Por otro lado, tanto Chusa Babero, como Roberto Ibáñez eligen el camino de lo histriónico, y en ocasiones de lo sobreactuado, para crear tipos, más que personajes, y para buscar desesperadamente una comicidad que no siempre es necesaria. Ciertamente su presencia escénica, sus energías y su compromiso son mayores que la de sus compañeros de reparto y muestran un mayor grado de profesionalidad y de convicción, pero su trabajo está exento de cualquier sutileza. También en este aspecto la dirección de escena ha brillado por su ausencia.

Rondó para dos mujeres y dos hombres merecería una revisión de su escritura y una propuesta escénica diferente. Podemos esperar de los indicios que advertimos en el texto un espectáculo interesante. Y necesario.

 

Más información

           Ignacio Amestoy - Ederra/Cierra bien a puerta - Libro

 


Javier Zabala
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