El Zoo de cristal. Reseña 1992. Crítica. Imprimir
Escrito por Miguel Medina Vicario   
Miércoles, 28 de Abril de 2010 17:44
EL ZOO DE CRISTAL
REGRESO AL FUTURO

[2005-04-27]

Ensayo 100, es sala alternativa y como tal con la misión de textos más allá de los circuitos comerciales.


RESEÑA (FEBRERO 1992)
(Nº 225, pp. 29)

EL ZOO DE CRISTAL
REGRESO AL FUTURO

(Ensayo 100, es sala alternativa y como tal con la misión de textos
más allá de los circuitos comerciales. En esta ocasión retoma una obra
de texto y de autor, en el que la interpretación es piedra angular
y consigue un espacio , obligado por el local, ajustado a su empresa).


Título: El zoo de cristal.
Autor: Tennessee Williams.
Intérpretes: Violeta Bartol, Pilar Romera, Miguel Torres, Lope Moreno.
Dirección: Jorge Eines.
Estreno en Madrid: Ensayo 100, 5 – X - 91.

FOTO: S. NAVAS

Afirman los psicólogos que es frecuente en las modernas dictaduras políticas apostar por una cinematografía basada en el terror. Este efecto de sofisticada catarsis reside en que el ingenuo espectador descarga sus congojas personales y sociales ante el espanto que se le ofrece en la pantalla, sintiéndose así más aliviado de sus impuestas represiones.

Merecería la pena interrogar a los expertos sobre qué le resultaría más propio al hecho teatral en estos momentos históricos tan atorbellinados y confusos. Hasta que esto ocurra, cabe aventurar que algunos síntomas apuntan hacia la urgente necesidad de moderar los aspavientos técnicos y visuales para retornar hacia aquellos reductos conceptuales que le son más naturales. Como buena prueba de ello, ahí están los muchos espectáculos denominados de texto o de autor, que escapan de las grandes salas y se asientan en otras de menor aforo.

«Ensayo 100» es local que viene ajustando su programación a esta corriente «regeneracionista». No es la primera vez que estas páginas reparan en la trayectoria del pequeño local y su empeño en ocupar un lugar reconocido dentro de nuestro panorama dramático. Su último estreno, El zoo de cristal, puede ser la referencia que sintetice su labor hasta el momento.

Tennessee Williams ha terminado significando uno de los emblemas de aquel teatro furioso, rebelde ante una sociedad rota —todavía por aquellas décadas los destrozos sociales podían cuantificarse—, hipócrita, acumuladora de hábitos vergonzantes bajo el manto de una moralina convencional, ideal para ser transgredida. Miller, O’Neill, Osborne, Wesker…, Realismo social, psicologismo depurado, socialismo radical en no pocas ocasiones. Esperanza renovada en cualquier caso. Desde 1945, este zoo representa una lucha titánica entre la realidad y la ficción; la frustración individual y la colectiva; la debilidad psíquica del hombre de nuestro tiempo y las causas que la determinan. Se desentraña con minuciosidad idealizada el pequeño mundo de una familia norteamericana, y se hace desde el interior de los personajes. El «ojo de la cerradura» por donde el espectador debe contemplar esta parcela naturalista de vida deja ver dos planos en el análisis: el uno, más inmediato, la lucha de cuatro seres por encontrar sus objetivos de vida. La otra, de mayor hondura, las motivaciones personales y colectivas que les impiden lograr sus metas. Tom narra unos años pasados desde la atmósfera de subjetividad que todo recuerdo comporta. La pequeñez de su historia como poeta que se ve forzado a trabajar en una zapatería y que necesita escapar de una actividad que detesta a través de cualquier evasión a su alcance. La vida paranoica de Amanda, su madre, aferrada a un cúmulo de fantasías que quedaron en el pasado. La introversión de Laura, su pequeña hermana tullida, refugiada en un mundo ilusorio de piezas de cristal entre las que ella, por frágil, parece una pieza más de la colección. La aparición de Jim, al que se pretende vincular emocionalmente con Laura. Todo un cómputo de pequeñas miserias que reflejan, como símbolo nítido, la miseria colectiva.

Los actores de Ensayo 100 son jóvenes, y algunos de ellos todavía en período de formación. Quizá por ello entran en sus complejos personajes de forma vital, disciplinada, ofreciendo una gran dignidad a sus respectivos trabajos. Jorge Eines acomoda el espacio escénico a las exigencias de su local y crea un ambiente apropiado, creíble, justo para el tipo de texto que ofrece.

Para quienes presenciamos anteriormente el montaje del maestro O’Neill — aquel Largo viaje del día hacia la noche—, del que fuera alumno aventajado Williams, dirigido por un alumno de Stanislavsky, Strasberg — también lo es Jorge Eines — no pudimos evitar evidentes comparaciones. Frente a la aparatosidad de los grandes nombres internacionales y la disposición de incontables medios técnicos de aquél, con parcos resultados, la humildad bien entendida de éste ofreció un producto teatral de mayor calado y mejor sentido. A veces, el teatro gusta de ofrecer estas paradojas como muestra permanente de dónde se encuentra en él lo sustantivo y dónde lo periférico. A veces, el teatro nos indica el camino por el que desea caminar.

 

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MIGUEL MEDINA VICARIO
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