Final de Partida. Crítica. Imprimir
Escrito por José R. Díaz Sande.   
Sábado, 27 de Marzo de 2010 16:22

FINAL DE PARTIDA, FELLIZ RESURRECIÓN DE BECKETT Y SU VIGENCIA
[2007-04-01]

A nivel divulgativo, si es que Samuel Beckett (1906 - 1989) es divulgativo, el nombre Beckett va muy unido al de Esperando a Godot (1953).


FINAL DE PARTIDA
FELLIZ RESURRECIÓN DE BECKETT
Y SU VIGENCIA

Título: Final de partida
Autor: Samuel Beckett
Dramaturgia: Alfonso Plou/Carlos Martín
Escenografía: Tomás Ruata
Vestuario: Beatriz Fdez. Barahona
Iluminación: Bucho Cariñena
Espacio Sonoro: Teatro del Temple
Espacio Audiovisual: JoséIgnacio Tofé
Fotografía: Pipa Álvarez
Producción: María López Insausti
Distribución: Julio Perugorría Producciones
Ayudante de dirección: Alfonso Plou
Intérpretes: Ricardo Joven (Hamm),
José L. Esteban (Clov)
Estreno en Madrid: Centro Cultural de la Villa (Sala pequeña), 14 – III - 2007

FOTO: PIPA ÁLVAREZ

A nivel divulgativo, si es que Samuel Beckett (1906 – 1989) es divulgativo, el nombre Beckett va muy unido al de  Esperando a Godot (1953). Con esta obra su nombre pasó de ser el secretario y amigo de James Joyce a un nuevo valor teatral en el panorama de lo que se llamó teatro del absurdo. Beckett rompía con una tradición teatral no sólo en la temática sino en cuanto su modo de enfrentarse con la escena. Gustaba de una economía de lenguaje, aparentemente no lógico, una economía de escenografía, una no historia en el que no hay que buscar principio y fin etc… Sobre toda su poética se ha escrito mucho.

Latía, de fondo, en sus obras una angustia existencial y una etiqueta de autor comprometido, difícil, intelectual y no apto para un público que buscaba el divertimento en el mundo del espectáculo o para aquellos que lo querían entender todo. Tenía una ventaja. Su economía de medios escénicos y número de actores facilitaba la producción. Por eso Beckett entró en circuitos alternativos y para públicos que censuraban un cierto teatro burgués de los años cincuenta.


JOSÉ L. ESTEBAN
FOTO: PIPA ÁLVAREZ
Entre 1954 y 1956 escribe Final de Partida con una estructura semejante a la de Esperando a Godot, sólo que más breve: unos 70 minutos que pueden llegar a la hora y media. Después, fue apareciendo sucesivamente en las diversas naciones, pero siempre con ese halo sagrado de que no es para cualquiera y de que “no te vas a enterar de nada”.

La no narración de Final de Partida está en la línea de Esperando a Godot. Dos personajes – relación amo/criado – esperan o se soportan. Aquí la economía de todo es mayor: cuatro personajes; un espacio neutro interior con una puerta que podría conducir al exterior pero que nadie se atreve a traspasarla;  dos contenedores de basura para los padres de Hamm que se han quedado sin piernas, y por último una silla de ruedas para el paralítico Hamm

En el fondo es una cárcel con  ribetes de refugio, porque a cada uno de los cuatro personajes les falta algo para poder escapar hacia el exterior. Hamm, paralítico y ciego, necesita de las piernas de su criado Clov, cuyas piernas no pueden doblarse por un cierto mal no especificado. Clov podría huir hacia el exterior. Pero éste es una incógnita, y, por otro lado,  al mismo tiempo necesita de Hamm al que sirve en una especie de relación sado-masoquista. Y de los padres, ni te cuento. Son dos seres con las piernas amputadas y que se mantienen gracias a estar dentro de los bidones.

El lenguaje mantiene la línea que conocimos en Esperando a Godot, aunque aquí se recurre, a veces, al monólogo algo más extenso.


RICARDO JOVEN
FOTO: PIPA ÁLVAREZ

El clima mundial que precedió a los llamados autores del absurdo había sido: la hecatombe nazi y su inevitable guerra, así como la amenaza nuclear hacia un desastre futuro. Tras todas estas vicisitudes se ansiaba un rayo de esperanza. Otra cosa es que lo hubiera. Unos le llamaban Dios, otros la propia humanidad… De hecho ese Godot, creado por Beckett, las culturas deístas lo identificaron con El como esperanza o como no esperanza.

A pesar de su ambiente religioso – Beckett era irlandés y nació con lo católico en derredor suyo - , no parece que Beckett camine por esos páramos. Y esa es una de las virtudes de su teatro y lo que le ha proporcionado su vigencia. Tanto en una como en otra obra, nos ofrece una visión del hombre y su entorno. Un entorno lleno de misterio que más bien retrata una cámara, sin poder ahondar de todo en el significado de cada una de sus frases y sus situaciones. Por eso mismo no hay historia y tampoco tesis a defender. Existe una situación y una serie de reacciones. Beckett nos entrega la vida misma con sus desconciertos, sus faltas de significado de porqué suceden las cosas, de las  secuelas que ciertas decisiones producen, de las necesidades de relación para poder subsistir – muy expresiva la complementación de Hamm, sin piernas que le obligan a estar sentado, y la rigidez de las piernas de Clov que le obligan a mantenerse en pie -;  del sin sentido de un mundo en el que simplemente vegetamos en espera de ¿qué?   


j.l. esteba/r. joven
FOTO: PIPA ÁLVAREZ
Tras todos estos años el texto de Beckett sigue vigente en un mundo como el de hoy que, posiblemente, tiene menos sentido que el amenazado de la época de Beckett. En nuestro mundo hay unos contrastes más escandalosos. Se es consciente de la calidad de vida adquirida en el planeta, pero sólo para una parte. En contraste, países conscientes de su miseria y del bloqueo, por parte de los poderosos, para ir más allá de sus límites. Y como telón de fondo un ciclorama lleno de sangre por las guerras. Las tensiones amo/criado siguen existiendo y ni uno ni otro quieren dejarlas. Los países poderosos, anclados en sus tronos, necesitan de las piernas de los países desfavorecidos para poder mantener esa calidad de vida. Y éstos necesitan de los poderosos para escapar de una hecatombe: la miseria y subdesarrollo de sus países de origen. Y la pregunta final sigue en el aire y todo esto ¿para qué?

El Teatro del Temple vuelve con Final de Partida y obliga a hacer consciente un problema que está ahí. Y nos lo transmite con una pureza en todos los aspectos. Beckett ya es económico en su aspecto de puesta en escena para conseguir la abstracción y elevar a nivel universal las entrañas más profundas del hombre. En cuanto al espacio, recurre a un minimalismo guiado por el concepto del espacio gris. Los bidones se han transformado en un contenedor empotrado en el suelo cuya tapa se levanta. Su estructura asemeja a la de una tumba. Dentro están los padres de Hamm, que solamente intuimos a través de un monitor de televisión, cuando se levanta la tapa. Así pues, hasta en personajes – y por lo tanto actores -, este montaje es parco. Se reducen a dos: Hamm (Ricardo Joven) y Clov (José L. Esteban). La silla de ruedas se ha convertido en un sillón – con ruedas – de oficina. La acción transcurre bajo un baldaquino, cuyo techo es de metacrilato traslúcido y en un lateral elevaado un monitor plano nos muestra imágenes del exterior y del interior de la tumba de sus padres.

Esta acertada puesta en escena, ya sólo por los materiales, nos traslada el texto a nuestros días, lo cual no es difícil puesto que Beckett  evita cualquier concreción espacial y temporal. También hay otro juego: la relación no sólo de unos personajes, sino de unos actores entre sí que juegan a representar la obra. El atrezzo es muy de ensayo, el ciego Hamm no finge la ceguera, no existe maquillaje en sus rostros y su vestuario puede ser el utilizado diariamente en la cotidiana vida de Ricardo y José L. La ausencia de elementos claramente teatrales obliga a que el texto cobre mayor relevancia y, como espectadores, nos centremos en él, no tanto para seguir una historia – ya he dicho que Beckett no la tiene – sino para ir viviendo la incógnita que rodea al origen y destino del ser humano.
FOTO: PIPA ÁLVAREZ

Se ha potenciado el sentido del humor – Beckett lo posee en su texto – pero con un cierto distanciamiento. No es tanto lo que dicen o como lo dicen, sino el contraste de las mismas frases y situaciones. Este lado, llamémosle cómico “sui generis” acerca el texto de Beckett y desmitifica lo que algunos denominan textos intelectuales que producen en el espectador medio cierta fobia.

Ricardo Joven y José L. Esteban, cada uno en su registro – más emocional Ricardo y más frío José L. – consiguen llegar al espectador. Físicamente plasman bien a Hamm y Clov, respectivamente.

Los 70 minutos en que se desarrolla la obra poseen ritmo e interés creciente y sobre todo una gran limpieza de formas y modos de decir.

Cuando se anuncia un título de Beckett,  se engendra  en mí una cierta pereza. Tras la función, vuelvo a maravillarme de la vigencia del autor y me lleva a una reflexión sobre el hombre, la vida y nuestro destino. Lo mismo ha sucedido con este Final de Partida del Teatro del Temple.


José Ramón Díaz Sande
Copyright©diazsande


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Última actualización el Jueves, 29 de Abril de 2010 19:23