La tortuga de Darwin, Crítica. Imprimir
Escrito por Eduardo Pérez Rasilla.   
Domingo, 28 de Marzo de 2010 17:50

LA TORTUGA DE DARWIN, VIAJE POR LA HISTORIA
[2008-03-12]

La tortuga de Darwin significa muchas cosas. Por ejemplo, ofrece la primera colaboración de dos de los hombres con más talento del teatro madrileño: el dramaturgo Juan Mayorga y el dramaturgo y director Ernesto Caballero.


LA TORTUGA DE DARWIN
Viaje por la historia

Título: La tortuga de Darwin
Autor Juan Mayorga
Escenografía: José Luis Raymond
Iluminación: Paco Ariza
Sonido: Nacho García y Antonio Castro
Figurines y ambientación: Ikerne Jiménez
Producción: Luis Caballero (Teatro del Cruce) en colaboración con el Teatro de La Abadía
Fotografía: Marc de Cock-Buning
Diseño gráfico: Javier Terry
Coordinación técnica: Joxan Artano
Ayudante de producción: Vicente Cámara
Distribución: Concha Busto
Dirección de producción: Luis Caballero
Ayudante de dirección: Antonio Castro
Intérpretes: Carmen Machi (Harriet),
Vicente Díez (Profesor),
Susana Hernández (Betti),
Juan Carlos Talavera (Doctor)
Dirección: Ernesto Caballero
Estreno en Madrid: Teatro de la Abadía,
6 – II - 2008




CARMEN MACHI/SUSANA HERNÁNDEZ
FOTOS: Marc de Cock-Buning



JUAN C.  TALAVERA/ CARMEN MACHI
FOTO: Marc de Cock-Buning
La tortuga de Darwin significa muchas cosas. Por ejemplo, ofrece la primera colaboración de dos de los hombres con más talento del teatro madrileño: el dramaturgo Juan Mayorga y el dramaturgo y director Ernesto Caballero. Ambos comparten muchas cosas: su proximidad generacional, su condición de profesores de la RESAD, su oficio de escritores para la escena – son, ciertamente, dos dramaturgos muy sólidos - y unas maneras de mirar el mundo muy personales en cada uno de ellos, pero coincidentes en la adopción de un punto de vista inusitado, ingenioso y lúcido, y en la asunción de un espíritu crítico sobre la realidad circundante. Ambos han escrito textos dramáticos que constituyen una reflexión singular e insólita sobre aspectos o momentos de la historia, sin miedo de afrontar cuestiones espinosas y sin someterse a convenciones o a  apriorismos sobre lo supuestamente correcto, y ambos propenden a la relectura de textos o motivos clásicos generados por la literatura, la historiografía o la ciencia, sin temor a la densidad intelectual que se resuelve siempre con herramientas de inequívoca naturaleza dramática. Los dos encarnan una noción de compromiso luminoso y sin estridencias, apasionado y limpio, aunque no exento de una mirada distanciadora e irónica, que evita la pesadez o la pedantería.  

Pero, además de este espacio de encuentro que establecen los dos creadores,  La tortuga de Darwin supone otro hito en la construcción del imaginario personal de Mayorga. Vuelve con esta pieza a un juego doble de referencias. El personaje protagonista, como sucedía en Copito de nieve o en La paz perpetua, o también en Palabra de perro,  es un animal con rasgos antropomórficos, a la manera de las viejas fábulas, aunque el paralelismo humano-animal revele semejanzas más incómodas e intencionadas que las ingenuamente mostradas por aquellas. Y,  como en las tres obras citadas,  la historia del personaje animal se enmarca en un complejo entramado ideológico y discursivo, que, si  en aquellas recurría a Montaigne,  a Kant y a Cervantes, aquí se apoya en Darwin y en Marx.

El sorprendente arranque de La tortuga de Darwin imagina que Harriet, la tortuga gigante que Darwin llevó a Inglaterra desde las Galápagos, ha evolucionado hasta adquirir una apariencia casi humana, ha sobrevivido hasta nuestro tiempo y ha sido testigo de algunos de los episodios decisivos de la historia contemporánea. La sugestiva y provocadora situación recuerda a algunos de los relatos de Kafka -¿Cómo no evocar Informe para una academia?-, protagonizados también por animales, cuya utilización de la analogía ha podido inspirar a Mayorga a la hora de abordar las obras mencionadas, pero la perspectiva adoptada por el escritor español es de naturaleza dramática, por lo que la irrupción de la enigmática Harriet está destinada a desestabilizar el orden de las cosas reinante y abre inquietantes y sugestivas posibilidades a las que el desarrollo de la trama deberá dar respuesta.
CARMEN MACHI/VICENTE DÍEZ
FOTO: Marc de Cock-Buning

La visita de la tortuga a un afamado profesor de Historia, investigador petulante y posesivo, constituye un punto de partida dramático, pero también la presentación de un personaje recurrente en la obra de Mayorga.


VICENTEDÍEZ/CARMEN MACHI
FOTO: Marc de Cock-Buning

El profesor de Historia no es muy diferente del juez que investigaba al caso de Hamelin,  riguroso y tenaz, pero paradójicamente  insolvente para  dar respuesta a su propio problema familiar. Y no está lejos tampoco del Bulgakov de Cartas de amor a Stalin o del profesor de Literatura de El chico de la última fila, a quienes les sucede algo semejante. Pero cabe establecer también otro paralelismo con del Delegado de la Cruz roja, que llevaba a cabo la fallida investigación en Himmelweg. E incluso, aunque resulte un tanto más forzado, con el Gordo de El gordo y el flaco. Todos ellos son seres ensimismados y ajenos, incapaces de afrontar una parte de la realidad, justamente aquella que les es más cercana, o incluso de advertir lo que realmente estaba sucediendo en su entorno, personal o colectivo, aunque no pueda negárseles un decidido empeño por lograr sus objetivos, una voluntad de conseguir algo que entienden relacionado con su propia realización,  pero también con una necesidad colectiva. Sin embargo, asistimos a su fracaso último, al desgarro definitivo entre sus aspiraciones y la consecución efectiva de lo que se pretendía, en una suerte de relectura de la ironía trágica.  

También el personaje femenino presenta parentescos con la mujer de Bulgakov, en Cartas de amor Stalin,  con la mujer del profesor, en El chico de la última fila, o con  la mujer del juez de Hamelin. Esas mujeres, desplazadas e ignoradas por sus parejas, intelectual y vitalmente insatisfechas, se muestran desvaídas  y erráticas, hasta que acaban saliendo de puntillas de las vidas que compartían con sus hombres o buscando otro ámbito de realización personal.

Sin embargo, en La tortuga de Darwin, Mayorga ha optado por un desenlace inesperado, que recuerda extrañamente a algunas comedias ingenuas y perversas a un tiempo, del tipo Arsénico por compasión (o Arsénico y encaje antiguo, como se ha titulado en otras ocasiones),  lo que altera el paradigma que había servido en trabajos anteriores. ¿Un intento de originalidad? ¿Una solución forzada? ¿Un deseo de rebelarse precisamente contra un esquema que se impone como recurrente? En cualquier caso, una búsqueda legítima de otras fórmulas, aunque en La tortuga de Darwin el personaje de Betti, la mujer del profesor de Historia, se muestre demasiado voluble e inconcreta a lo largo de su periplo, como si encontrara difícil acomodo en esta trama.

Mayor solidez se logra – y mayor atractivo - en el conflicto entre el profesor y el médico, entre la Historia y la Ciencia, entre dos miradas contrapuestas que reivindican su derecho absoluto sobre el personaje convertido en objeto, conflicto del que no se obtiene todo su eventual rendimiento, porque el trabajo actoral de sus intérpretes se resuelve de una manera insuficiente, todo hay que decirlo, pero el duelo entre esas dos concepciones del conocimiento sobre mundo, plena de ironía dramática, es digna del mejor Mayorga, que es como decir digna del mejor teatro contemporáneo.

CARMEN MACHI
FOTO:
Marc de Cock-Buning



JUAN C. TALAVERA/CARMEN MACHI
FOTO: Marc de Cock-Buning
Y no lo es menos la creación del personaje protagonista. La tortuga Harriet representa  una  imagen amablemente paródica de la evolución darwiniana, que tal vez pueda ser leída también como un guiño crítico frente a la obsesión neoconservadora por recuperar la literalidad bíblica a través de la teoría creacionista. El hallazgo de Mayorga ofrece la posibilidad de proporcionar una mirada de la historia “desde abajo”, como se dice en el programa de mano, una mirada humilde y persistente, que pasa inadvertida al personaje observado, pero que plantea una profunda revisión de las certezas oficialmente asumidas y que acaso podamos relacionar con el inquietante dilema entre historia y memoria, o con la condición del hombre común ante la Historia con mayúscula. O con tantas otras cosas. Esta tortuga metafórica y real, inquieta y paciente, nos llena de interrogantes y nos entreabre innumerables caminos de reflexión. Y aquí sí, la actriz ha respondido a lo que podía esperarse de un personaje de semejante envergadura. Y no era una tarea fácil. El trabajo de Carmen Machi es limpio, intenso, sin concesiones, entrañable y riguroso, matizado y ambicioso, pero sin demasías ni estridencias.

 

Otro de los logros de la función, de este espectáculo grande que quizás induzca a algunas dudas, pero son dudas fecundas.


Eduardo Pérez – Rasilla
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Última actualización el Sábado, 01 de Mayo de 2010 20:05