Après moi, le déluge. Crítica. Imprimir
Escrito por Jerónimo López Mozo.   
Domingo, 04 de Abril de 2010 08:02

APRÈS MOI, LE DÉLUGE
RETRATO DE ÁFRICA

[2008-07-16]

Après moi, le déluge se escribió a partir de un encargo del Teatre Lliure, dentro del Proyecto de Autoría Textual. Lluïsa Cunillé es dramaturga residente del Teatre Lliure.


APRÈS MOI, LE DÉLUGE
Retrato de África

Título: Après moi, le déluge (Después de mí, el diluvio)
Autora: Lluïsa Cunillé
Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristià
Iluminación: Mingo Albir
Vestuario: M. Rafa Serra
Ayudante de dirección: Ferran Dordal i Lalueza
Maquillaje: Ignasi Ruiz
Construcción de escenografía: Tero Guzmán
Intérpretes: (por orden alfabético) Jordi Dauder (Hombre), Vicky Peña (Intérprete)
Coproducción: Centro Dramático Nacional / Teatre Lliure
Dirección: Carlota Subirós
Duración del espectáculo: 90 minutos
Estreno en Madrid: Teatro Valle Inclán
(Sala Francisco de Nieva), 29 – V - 2008

VICKY PEÑA/JORDI DAUDER
FOTO: ROS RIBAS

Après moi, le déluge se escribió a partir de un encargo del Teatre Lliure,
dentro del
Proyecto de Autoría Textual. Lluïsa Cunillé es dramaturga
residente del Teatre Lliure.

Hablar de África, de su miseria, de la explotación a la que son sometidos su habitantes y de la obsesión de muchos de ellos por escapar y establecerse en el primer mundo, y hacerlo sin salir de la confortable habitación de un hotel de la capital del Congo frecuentado por hombres de negocios europeos es, sin duda, un reto notable que la dramaturga catalana Lluïsa Cunillé ha asumido y resuelto con acierto.


VICKY PEÑA/JORDI DAUDER
FOTO: ALBERTO NEVADO

La autora se sirve de dos personajes europeos y de un recurso de buena ley teatral para superarlo. Aquellos son el representante de una compañía surafricana dedicada a la extracción y exportación de coltan y una traductora que trabaja como intérprete para los que se alojan en él. Son dos seres maduros, ya de vuelta de casi todo. Él, a punto de jubilarse, se ha curtido en aquellas tierras, que conoce palmo a palmo. Es uno de los miles de depredadores que han contribuido a la ruina del continente africano. Ella reside en el hotel, del que nunca sale. Vive ajena a la miseria que le rodea. Abandonada muchos años atrás por su marido, su tiempo se divide entre su actividad de traductora, que ejerce de forma mecánica, sin que le importen los clientes ni los asuntos que se traen entre manos, y las largas horas que pasa en la piscina tomando el sol, su gran y única pasión. El recurso que Lluïsa Cunillé emplea es un tercer personaje, un nativo invisible para el espectador, que mantiene una larga conversación con el comerciante europeo. Es un anciano enfermo que se ha desplazado desde su aldea para proponerle un negocio: que éste se convierta en representante de su hijo, jugador de fútbol de diecinueve años, y consiga que le contrate un club europeo. El Viejo Continente aparece como el destino ansiado por quiénes aspiran a librarse de la miseria, el hambre y la guerra, y prosperar. Es un espejismo. Si el fútbol es una meta inalcanzable, cualquier otra cosa vale para aquel pobre hombre, que sólo espera, para morir tranquilo, ver resuelto el porvenir de su hijo. En última instancia aceptaría, incluso, que el muchacho se convirtiera en criado del ciudadano europeo, incluso en el mozo que le lleve las maletas. Este negro, al que imaginamos ocupando un sillón, es la puerta por la que África se cuela en la habitación del hotel. No le vemos, pero tampoco le oímos. Es la intérprete la que le presta su voz aséptica. Mostrar ese brutal retrato africano con la frialdad de quién lee un informe técnico ante los asistente a un congreso es, por su eficacia e impacto en el espectador, uno de los aciertos de esta obra. Otro, el desenlace, porque deja las cosas como están. No hay moraleja. Cuando el hombre de negocios decide conocer al muchacho, el anciano confiesa que no es posible. Ese joven sobre el que han estado hablando durante hora y media murió víctima de la malaria cuando apenas tenía tres años. Un final que no es original.


VICKY PEÑA
FOTO: ROS RIBAS

Ana María Matute es autora de un relato breve titulado La felicidad en el que una mujer cuenta que enviudó muy joven y a base de mucho trabajo ha sacado adelante a su único hijo. Le ha ayudado a crecer y sólo aspira a que prospere en la vida. “Ya le conocerá usted”, le dice a la persona que le escucha y muestra su interés por verle. Nunca llegará el momento, porque ese hijo murió de meningitis años atrás. Ignoro si Cunillé conoce ese relato y, por tanto, si el desenlace de su obra se inspira en él. Pero, en todo caso, su conclusión es más inquietante que la de la narradora. Mientas la protagonista del cuento es una perturbada que no acepta la muerte de su hijo, el joven africano del que habla la dramaturga es el símbolo de todo el continente. En ese muchacho muerto prematuramente se resume África entera. Murió víctima de la barbarie colonizadora y del abuso de las empresas que explotan sus riquezas naturales. Lo que de él cuenta su padre no es sino lo que pudo ser y nunca será, ni siquiera en el supuesto de que los depredadores se arrepintieran y quisieran reparar el daño causado. Se ha llegado tan lejos que la recuperación ya no es posible.


JORDI DAUDER
FOTO: ROS RIBAS

Este texto supone una importante aportación a la recuperación de la palabra en el teatro actual. Tras la marginación sufrida durante las últimas décadas del siglo pasado, en la que a punto estuvo de ser expulsada de los escenarios, textos como éste viene a demostrar su valor y su enorme fuerza expresiva. Lluïsa Cunillé, formada a la sombra de Sanchis Sinisterra, es digna representante del teatro de la palabra. Su escritura, libre ya de aquella feliz tutela, se caracteriza por su originalidad y sobriedad. Es cierto que en esta obra, como en otras anteriores, apenas hay acción, lo que algunos consideran una grave carencia que invita más a la lectura que a verla representada. Es una objeción legítima que bien merecería ser tenida en cuenta si no fuera porque, en este caso, la interpretación de Vicky Peña y Jordi Dauder es todo un regalo. Su dominio de los dos recursos que aquí se manejan, la voz y el gesto, es absoluto y el resultado es una inolvidable lección magistral.


JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
Copyright©lópezmozo


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Última actualización el Sábado, 01 de Mayo de 2010 12:05